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Economía de reciprocidad - Segunda Parte

*Por Luis Ulla, Director de IARSE.

Si bien es difícil poder precisar en qué lugar nos encontramos dentro de “el túnel de la pandemia”, creemos importante reflexionar acerca de que nos ha enseñado esta oscuridad, para pensar con un poco más de claridad, qué cosas haremos y de qué modo, cuando volvamos a la “naturalidad de la luz y la libertad”.

Podemos hacer un ejercicio imaginativo, multiplicando por el “factor pandemia”, a toda la situación de desajuste existente previa a su aparición.

El desafío y la prueba a la que estaremos sometidos por una buena cantidad de años, es y será enorme. Requerirá no sólo de ingentes esfuerzos de todas las partes intervinientes en un sistema económico, estado, sector privado y sociedad civil;  sino que además demandará acordar un norte claro y compartido.

Ese objetivo común deberá tener la capacidad de movilizar, reunir y concentrar compromisos en torno a la recuperación de las capacidades fundamentales de los ciudadanos.

El propio Stefano Zamagni, clarificaba este desafío afirmando “En efecto, si el objetivo a perseguir es la equidad como igualdad de las capacidades fundamentales de los ciudadanos, no es sólo un problema de injusta distribución de los beneficios o de las riquezas; hay también un problema de injusta producción del beneficio y de injusta acumulación de las riquezas. Igualmente, la generalización de la confianza presupone, por un lado, que crezca el nivel de la competencia técnica que sirva de base para la certificación de la confianza -este es el rol clave de las profesiones liberales y de una ágil burocracia- y, por el otro, que la práctica de códigos éticos por parte de las empresas alcance esa zona crítica, más allá de la cual el mercado puede funcionar por el mecanismo regulador de la reputación. En una palabra, la estrategia será la de favorecer la emergencia de un nuevo espacio económico, el de la economía civil. 

En el lenguaje económico esto significa que los nexos de reciprocidad pueden modificar el éxito del juego económico, ya sea porque tienden a estabilizar el comportamiento cooperativo por parte de los agentes que se encuentran para interactuar; o porque la práctica de la reciprocidad tiende a modificar, en forma endógena, las preferencias de los sujetos. Un ejemplo: si me encuentro en la necesidad de ser ayudado en una situación en la que sólo después podré devolver el favor y en la que creíblemente no puedo auto-obligarme, un agente racional -en el sentido del paradigma de la rational choise- y en condiciones de ayudarme, no lo hará si, conociendo que también yo soy un sujeto autointeresado, conjetura que no tendré interés en devolver el favor. No será así, en cambio, si el potencial prestador de ayuda, sabe que soy un sujeto que practica la reciprocidad”.*

Salir de la pandemia volviendo hacer las cosas tal como lo veníamos haciendo, significará renunciar a cualquier tipo de evolución hacia una sociedad equitativa en el marco de un desarrollo sostenible. Esa renuncia daría lugar a que se intensifiquen lo que Zamagni llama las “tres paradojas sociales específicas del crecimiento”: a) el aumento de la desigualdad, tanto territorial como personal, que acompaña el aumento de la acumulación de riqueza; b) el crecimiento sin ocupación y c) las dificultades crecientes para hacer practicable el principio liberal de la soberanía del consumidor.

La desocupación puede tornarse en una de las patologías sociales mayoritarias en la post pandemia. Sin trabajo no hay ingresos, sin ingresos no hay consumo… y sin consumo no hay trabajo… Hacer algo en el sentido de evitar el sufrimiento humano que acarrea el desempleo, si no dejamos que este círculo vicioso se instale, “depende mucho más de la organización social y del modelo de crecimiento que de la disfunción entre demanda y oferta de trabajo. Pienso que se debe intervenir sobre las reglas de organización de los tiempos (de trabajo, de formación, de tiempo libre, etc.). Estas reglas cambian en relación con las exigencias que se manifiestan en las diversas fases de desarrollo de una sociedad” * nos advertía sabiamente Zamagni hace más de dos décadas.

El desafío a la inteligencia será volver a reunir trabajo y consumo. Recueda el economista italiano: “En la sociedad industrial no había otra alternativa que ser productores en las horas de trabajo y consumidores en el tiempo libre. La sociedad pos-industrial hizo nacer una nueva categoría, la del productor-consumidor que autoproduce una parte de su consumo. Se trata de una tendencia que se manifiesta con una variedad de indicios concordantes: cuando se retira dinero de Banelco, uno se convierte en empleado a tiempo parcial del Banco en cuestión; cuando nos servimos solos en un supermercado, somos en parte comerciantes; cuando nos servimos solos en un lugar de comidas, somos parcialmente camareros, etc… Los que estiman acríticamente el mercado como una institución social, olvidan que es justamente la expansión hegemónica de esa esfera de relaciones, que he llamado economía privada, la que destruye, lenta pero inexorablemente, ese conjunto de normas y de convenciones sociales que son el fundamento de la economía civil, y la que, de esta manera, prepara el camino para la afirmación de nuevas formas de estatismo. De manera pues que si no se está dispuesto a aceptar un éxito de esta clase ; y si por otro lado, no se quiere tentar vanamente bloquear la evolución social, es preciso individualizar, de tanto en tanto, los instrumentos más oportunos para que favorezcan la dinámica de la interacción social, en la dirección de un ensanche de los espacios de libertad para los ciudadanos”.* Solo agregamos -a las de por sí claras afrimaciones de Zamagni- que no hay ni habrá libertad personal ni colectiva posible, sin la independencia económica que deviene de la posibilidad de realizase mediante el trabajo digno.

El mismo autor que venimos citando, refiere a un ensayo de A. Margalit según el cual “no es suficiente tratar de realizar una sociedad justa; lo que más se debe querer es una «sociedad decente», es decir, una sociedad que «no humille» a sus miembros distribuyendo sus beneficios pero negando, al mismo tiempo, la «humanidad»; cosa que sucede, por ejemplo, en la versión paternalista de los sistemas de welfare, en los cuales la satisfacción de las necesidades consideradas esenciales, se realiza prescindiendo de las preferencias y de la identidad de los beneficiarios.” *

La post pandemia vuelve -en este sentido- a crear un enorme marco de oportunidad, aprovecharla o dejarla pasar, dependerá de lo que no pudimos aprender antes y que, ojalá lo hayamos hecho durante todo este periodo de encierro, aislamiento y oscuridad.


(*) “Por una economía del bien común” del profesor Stefano Zamagni (Ed. Ciudad Nueva 2013)