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El futuro se nos derrite...

* Por Lic. Luis Ulla, Director del Instituto Argentino de Responsabilidad Social Empresaria (IARSE)

Por estos días circulan en la web una serie de campañas destinadas a sensibilizarnos sobre el serio problema del calentamiento global. Una de ellas muy creativa, por cierto, se instaló en el centro de una ciudad del primer mundo. Allí colocaron dos estatuas blancas tomadas de la mano. Una de ellas correspondía a la figura de una mamá, y la otra a la figura del niño. A cierta distancia ambas parecían - por su blancura resplandeciente - estar hechas del mismo material. Pero no era así. La figura de la madre estaba construida con un material sólido que bien podría haber sido yeso o plástico. Mientras que la figura del niño era de hielo. Expuestas al sol durante un buen rato, la figura del niño comenzó a derretirse, y fue cayendo en pedazos hasta que desapareció.

El poder de la imagen, hace que sea imposible permanecer indiferente ante semejante mensaje.


Hace poco menos de un mes, el Observatorio de la Deuda Social Argentina perteneciente a la Universidad Católica de Buenos Aires, presentó un detallado informe denominado “(IN) Equidades en el Ejercicio de los Derechos de Niños y Niñas. Derechos humanos y sociales en el periodo 2010-2017. Documento estadístico 1 / 2018”. La investigación -elaborada con la calidad y el rigor científico técnico al que nos tiene acostumbrado este destacado equipo de cientistas sociales- presenta distintas facetas de las inequidades que ocurren en nuestro país en materia de protección de la infancia. Si bien todas las dimensiones consideradas por este trabajo son de vital relevancia, importa para este caso destacar la situación relacionada a la protección contra el trabajo infantil en la Argentina. El análisis estadístico observa que casi un 12% de los niños y niñas de entre 5 y 17 años realiza trabajo doméstico o económico. De ese parcial, un 7,9% realiza trabajo económico. Esto quiere decir que trabaja para beneficio de un tercero no relacionados familiarmente.

Todos sabemos que nuestras leyes prohíben el trabajo infantil; y además, nuestro discurso “culturalmente correcto” lo considera absolutamente inadecuado e injusto. Sin embargo, la realidad muestra otra cosa.

Cada vez que un niño queda impedido de la protección esencial que indican sus derechos, su dignidad está siendo vulnerada como persona. Se están truncando las posibilidades de que se desarrolle en todo su potencial, de que pueda llegar a ser feliz, y de que, además, pueda realizar una contribución positiva a la sociedad a la que pertenece. Individualmente cada niño o niña en esta situación es como el niño de hielo de la estatua expuesta al sol. El calor de los rayos va derritiendo su dignidad como persona, y su futuro como miembro de la familia humana.

Cada vez que nuestros niños y niñas se ven forzados a trabajar, perdiendo oportunidades educativas - tanto escolares cómo lúdicas - no sólo se derrite y licúa ese maravilloso proyecto personal que toda vida conlleva; también se derrite nuestro futuro como sociedad.

Estamos viviendo de cara a una enorme paradoja: en un mundo en el que todo se torna líquido, la indiferencia parece estar más sólida que nunca.

Las empresas tienen mucho para contribuir a erradicar esta vergüenza. Basta con analizar objetivamente de dónde proviene y cómo fue hecho aquello que a diario compramos o contratamos. De la solidez y la coherencia de nuestras acciones, depende que el futuro no se nos derrita en nuestras propias manos.