BOLETÍN Nº 138 – 30/09/2008
EDITORIAL
Mensaje de texto
Único fue aquel 2 de febrero de 2004. Hacía 9 meses que habíamos empezado a pensar, junto a Mariana, en cómo sería ese día. Cuando la imaginación intenta proyectarse pensando en el hijo que vendrá, adquiere dimensiones diversas. Un rato era hablar sobre el amor puro que genera ver la panza que crece, y de ahí saltábamos a imaginar cómo seríamos como padres en ese contexto familiar que se acercaba. En otro momento la discusión era por el nombre, y de ahí mutábamos hacia las naturales preocupaciones de que “todo salga bien”. ¿Será normal que patee tanto? ¿El tapón mucoso, cuánto tiempo antes se desprende? ¿Estas son contracciones?
Era de noche y llovía cuando nació Juan, nuestro primer hijo. El llanto es un irremediable aviso de llegada que te intima a la definitiva madurez. Tener un hijo es fantástico, y preocupante. Tener un hijo es una invitación a la responsabilidad, a la coherencia, al ejercicio profundo de la ética. Tener un hijo es un desafío educativo fenomenal: la pedagogía familiar, la escuela pública o la privada, tipo y dosificación de las actividades extras, la construcción social de sus vinculaciones, el registro de que el mundo es más que su familia y su clase social, la religión, el deporte, el consumo de televisión, los límites, el incentivo a la lectura, la sobreprotección, la autonomía, la alimentación, la higiene, el cuidado de la salud, el amor. De la cómoda imaginación de pareja, a semejante desafío educativo. De eso también hablábamos, y hablamos.
Hoy Juan tiene 4 años. Con sus compañeritos habita a diario la sala de 4 de la querida y casi centenaria Escuela Normal de Bell Ville. Juan ya tiene una hermana, Malena; y tres primos: Julián, Valentín y Emilio. Le gustan las herramientas, estar en el patio, tomar jugo de naranja en Santa Cecilia. Tiene todo lo necesario para crecer en paz: familia, escuela, alimentación, salud, amigos, juguetes. Entre sus juguetes tiene muchas herramientas. Hay un brillo extra en sus ojos si el destornillador o la pinza son de verdad. Le apasiona ir a Santiago Martín o al vivero El Ruiseñor, sucede que en ambos negocios él puede ver (y tocar) bordeadoras, mangueras, máquinas de cortar césped, martillos, escaleras, taladros. Muere por los taladros. También, desde comienzo de año, a Juan le encanta escribir el puñadito de letras que aprendió en casa. “Mirá”, dice: “la O de Osvi (su abuelo), la M de Mamá, la A de Amor, la Q de Queso”. Las letras ya son parte de su rutina diaria, al igual que el celular. Últimamente se le ha dado por el celular, nos lo pide permanentemente. “¿Para qué lo querés, Juan?”, preguntamos. “Porque me gusta apretar los botones o poner el jueguito”, responde.
Y ahí está Juan, con sus 4 años, sus zapatillas número 26, el buzo de la escuela y el celular en la mano. “Papá, poneme para escribir un mensaje”, me suplica. Como aquel llanto de febrero, días pasados gritó embelesado: “Miren, escribí ‘mamá’ con el celular”. Juan, como seguramente muchos niños, escribió ‘mamá’ en el celular antes que en el cuaderno Gloria de 1er. grado. Efectivamente decía ‘MAMA’, todo en mayúsculas. Y remató: “Saben que para que salga la ‘M’ tenés que apretar una sola vez, porque si apretás más salen otras letras de las teclas”.
Su alegría y nuestra sorpresa de jóvenes padres del siglo XXI nos reafirmaron la certeza de que son esa otra generación que ya nació atravesada cotidianamente por lo digital, lo informático, lo virtual. Pero, es decisivo decir que la mayoría de los niños y niñas padecen esta brecha. A la brecha entre los que viven y los que no (un estudio realizado por UNICEF y la Fundación ARCOR señala que en Córdoba la mortalidad infantil es de 12,7 cada 1000 nacidos), a la brecha entre ricos y pobres, escolarizados y desescolarizados, incluidos y excluidos, etc., se le suma ahora el tema de lo informático, lo virtual. Le llaman “brecha digital”, y en esencia define la distancia que existe entre las personas que utilizan a diario las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC), de aquéllas que no sólo no tienen acceso a las TIC sino que si lo tuvieran no sabrían cómo utilizarlas.
La diferencia de oportunidades que vuelve desigual e inequitativo el sistema se observa a diario. Mientras las Escuelas Privadas están preocupadas para hacer que sus ‘bandas anchas’ de Internet sean cada vez más anchas para así agilizar al extremo el estar inmersos en “la red”, pibes del rural norte cordobés -por citar un caso conocido- festejan porque la maestra consiguió votos de la última elección, que ahora abrochados y del lado no impreso harán las veces de cuaderno Rivadavia. ¿Es posible imaginar cómo se irán a comunicar estas dos infancias tan iguales en derechos, tan distintas en realidades?
La brecha digital vino para quedarse, y así meter de prepo un nuevo indicador para medir la exclusión educativa de cientos de miles de pibes. Federico Seineldín, dueño de la Empresa informática Openware supo decir: “Hablar de “brecha digital” es hablar de desarrollo con el lenguaje propio de la era de la información. La existencia de esta realidad nos pone de manifiesto la desigualdad de posibilidades para acceder a la información, al conocimiento y a la educación; en otras palabras, que hay sectores (en todos los niveles de análisis: personas, organizaciones, clases sociales, países) que no pueden acompañar la evolución que las nuevas exigencias demandan. El efecto social que esto genera es desgarrador, ya que, como afirma Manuel Castells: “en una economía global y una sociedad en red, quedarse desconectado equivale a estar sentenciado a la marginalidad”.
Por eso se vuelven decisivas las políticas de Estado en este sentido. Y también, adquieren valor simbólico y cultural, los casos de empresas que ante el recambio de sus computadoras de oficinas, las acondicionan para ser donadas en apoyos escolares, escuelas urbanas y rurales, organizaciones de base, etc. Tal es el caso de una Empresa Nacional (Transportadora de Gas del Norte) que le donó 6 computadoras al apoyo escolar que funciona en el Club River de Bell Ville, que desde hace más de 5 años viene dando respuestas sociales (antítesis de lo punitivo) a aquellos niños que caminan sobre la cuerda floja de la llamada “permanencia” en la Escuela. El apoyo sigue siendo apoyo escolar, pero ahora han sumado una bibliotequita popular infantil, han desarrollado una línea que utiliza el teatro como herramienta de integración, se trabaja en promoción de la salud bucal; y ahora también hay 6 ‘compus’ achicando la maldita brecha. Esa brecha los margina simbólicamente y los expulsa cotidianamente, y quizás desde ahí es sencillo explicar el fenómeno de las clases populares conectadas vía comunicación celular en una suerte de concreta “inclusión al colectivo social”, al menos desde el uso de la telefonía móvil. Lamentablemente muchos representantes de la clase “media-alta educada” reducen discriminatoriamente el tema con expresiones al estilo de: “No tienen para comer pero andan con celulares de 500 pesos”.
Vale insistir: la inclusión digital se construye con políticas del Estado; y se refuerzan culturalmente con prácticas pequeñas y concretas desde la sociedad civil, el mundo académico y el empresariado. Una verdadera fiesta del niño, no es aquélla que en un par de horas regala masivamente y olvida instantáneamente. No nos engañemos más: para un niño, una fiesta es tener familia, terminar la escuela, comer rico, dormir calentito, sentir que hay futuro, estar contenido emocionalmente e incentivado intelectualmente, y después tener, al menos, sensación de que van a conseguir trabajo. Y escribir MAMA en el celular no es una fiesta, pero sí un indicador de que lo importante está siendo: distribución de la riqueza más distribución del conocimiento.
No lo naturalicemos: en el mundo la mayoría de los niños son pobres, y la mayoría de los pobres son niños; y la aparente preocupación pública por la infancia sigue generando prácticas que consolidan el statu quo. Para acotar las brechas sociales -incluida la digital- de la niñez y la juventud necesitamos más políticas públicas y además, repensar y discutir como sociedad junto al Estado el modelo con el que estamos interviniendo educativamente en sus realidades.
No necesitan “protección”, ya que aquí subyace la lógica de que el que protege es dueño del poder y la voluntad del desprotegido. Ellos, quieren ser ciudadanos, por eso UNICEF y el mundo entero hablan de “ciudadanía de la infancia”. Nosotros, los adultos, necesitamos reconstruirnos desde el paradigma de los derechos del niño.
Benevolencia, piedad, misericordia, caridad, clemencia, solidaridad: todas aluden a dimensiones humanas maravillosas. Pero no alcanzan.
Dale Juan, ahora escribí EDUCACIÓN.
Ariel Torti
Integrante del equipo de trabajo del IARSE
Director de INFOPACI
www.infopaci.com.ar